¿Lo que importa es la pobreza pero no la desigualdad?

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Recuerdo mis días de doctorando en la Pompeu Fabra. Mi director de tesis, Antonio Ciccone, me citaba habitualmente en su despacho. Cada vez que cruzaba su puerta sabía que tenía que desplegar toda mi atención para que nada se me escapara de todo aquello que dijera.

De Antonio puedo decir muchas cosas, pero la que más me sorprende de él es la de su mente pre-clara, la capacidad que tiene para enarbolar ideas, desarrollarlas y podarlas de una forma tan coherente, tan sencilla, tan elegante, que todo quedaba claro al instante.

-Manolo -me decía- si quieres entender un hecho económico, lo primero que debes hacer es simplificarlo. Al máximo. Una vez hayas simplificado todo lo que puedas, obsérvalo. Busca las relaciones causales. Y a partir de ahí, vas reconstruyendo la realidad.

Cogía un bolígrafo, un papel, y con dos variables y pocas ecuaciones, estructuraba su razonamiento. A partir de ahí, lo discutíamos.

Desde entonces intento seguir sus consejos para buscar relaciones económicas y estructurarlas en la cabeza. Usando estas herramientas, paseando ayer a mi hija pequeña, reflexioné sobre la posible relación entre pobreza y desigualdad. La razón, escuchar por enésima vez que son dos cosas diferentes y que la importante es la primera y no la segunda.

Mi primera reacción ante esta afirmación es que me parece extremadamente simplista. Y es simple porque está demostrado, hay evidencia, de que la desigualdad no es inocua. Tiene sus efectos. Así, importantes dosis de desigualdad no favorece el crecimiento, eleva la tensión social y reducen la movilidad dentro de la misma (aquí y aquí). Por lo tanto, la desigualdad es importante.

En todo caso, no es mi objetivo explicar porqué es necesario combatir la desigualdad, sino explicar por qué ambas cuestiones no son independientes (necesariamente). Es cierto que una elevada desigualdad no implica una elevada pobreza. Todo depende del nivel de renta de las familias con menores ingresos. Es posible, y de hecho es así, que las familias con menores recursos en, por ejemplo, España, sean más ricas que las familias más ricas de, por ejemplo, Mauritania. Eso es otro debate. Lo que quiero es reflexionar sobre por qué no es tan evidente que desigualdad y pobreza son cuestiones independientes, sino que puede haber un vínculo estrecho entre ellas y que combatir una puede ser beneficioso para la otra y viceversa.

Para ello, mi reflexión va en varias etapas. Advierto que esta reflexión no representa ni una teoría ni tan siquiera una hipótesis sobre cómo creo que funciona la relación entre pobreza y desigualdad. Representa simplemente un ejercicio mental a partir del cuál surgen mis dudas de que realmente dichas facetas de una sociedad, su pobreza y su desigualdad, sean cuestiones diferentes.

Permítanme que construya dicha reflexión, como he dicho, por varias etapas. Al final las entrelazaré de forma ordenada para construir una lógica cerrada y completa que vinculará ambas dimensiones y que me harán afirmar que no es tan evidente que si la pobreza es el problema, no lo sea también la desigualdad.

Etapa 1. Teorema de Balassa-Samuelson

Cuando salía del despacho de mi director en Barcelona, algunas veces, cuando mi aspecto así lo requería, pasaba por el peluquero que tenía su negocio en los bajos del edificio donde vivía. Recuerdo que me cobraba 13 euros simplemente por “descargar” de cabello mi cabeza. Este precio, que abonaba al enjuto peluquero, era unos cuatro euros superior al que me cobraban en mi peluquería de toda la vida de Sevilla. Es cierto que posiblemente encontraría en Barcelona un peluquero que cobrara menos si buscaba con interés, y que igualmente encontraría en Sevilla quien cobrara más. Pero lo que era igualmente evidente es que, por mucho que buscara, el precio medio de un corte de pelo en Barcelona era superior al de Sevilla.

Dando un salto en el espacio-tiempo, me sitúo ahora en Bucarest, Rumanía, varios años después. Por un congreso me ví unos días paseando por las calles de la capital balcánica. Mi objetivo, una vez hechas las presentaciones obligadas, era la de hacer compras. Total, un país con un nivel económico aún muy rezagado de los estándares europeos occidentales debería ofrecer chollos en tiendas de ropa y complementos. Nada más lejos de la realidad. Los precios eran similares, nada de gangas, al menos en marcas internacionales.

Ambas anécdotas son las que habitualmente uso en clase para explicar el teorema de Balassa-Samuelson. Este teorema explica que, mientras los precios de los bienes comercializables deben igualarse entre países si los costes de transportes son bajos y las barreras al comercio inexistentes (aquí), el precio de los bienes no transables sí se diferencian (sigan por ejemplo el Índice Big-Mac para comprender las razones de las diferencias en los tipos de cambio reales entre países). Lo que este teorema nos dice es que las diferencias en el precio de los bienes no comercializables (corte de pelo) viene explicado principalmente por los diferenciales de productividad entre los países y/o regiones. Así, a mayor productividad, mayor precio en dichos bienes.

Una derivada de esta afirmación es que los países, al desarrollarse, deben tener una inflación mayor que la de países ya desarrollados. Debe haber una convergencia en precios.

Pasamos a la siguiente etapa.

Etapa 2. Polarización

Hace ya algunos años que concentro parte de mi investigación en la polarización del mercado de trabajo. Es esta una literatura con una escasa década de vida y con David Autor como uno de sus mejores exponentes.

Basicamente, lo que se investiga en esta literatura son las razones por las que la distribución de salarios en los EEUU se ha “abierto” y ha perdido masa en el “centro”, alrededor de la mediana. Aunque existen varias explicaciones, las más prominentes son el cambio tecnológico, el comercio internacional, la debilitación de las instituciones laborales y la externalización de servicios en los hogares. Centrándonos en la primera, lo que se ha descubierto a lo largo de estos años es que, en pocas palabras, la robótica y la informática suprime empleo rutinario, tradicionalmente en el centro de la distribución de salarios, y complementa (ayuda) a los empleos especializados en capital humano, normalmente en la mitad superior de la distribución. Por el contrario, prácticamente no afecta a los trabajadores manuales, cuyas tareas son en muchos casos prácticamente ajenas a la tecnología.

Una de las consecuencias más evidente de este proceso de cambio es la ruptura entre la evolución del salario mediano y la productividad media de la economía. Es decir, cada vez hay bolsas mayores de trabajadores cuyos salarios están más desvinculados de la tendencia general en la evolución de la productividad, aumentando por ello la desigualdad (aquí).

Dicho esto, pasamos a la tercera etapa.

Etapa 3. Pobreza

Supongamos que no podemos conocer si una persona es pobre o no. La principal razón es que no existe una medida para tal estado. Todos sabemos de las dificultades que esto entraña y las discusiones que genera. Pero suponer que no podamos medir qué es pobreza no implica que esta no exista. Hay casos extremos en que sí es directamente observable. Lo veo todos los días cuando paseo por las calles de Sevilla y me cruzo con gente que realmente es carente de todo aquello necesario para poder disfrutar de una vida mínimamente digna.

Sin embargo, asumamos que no podemos saber si la mayoría de las personas son o no son pobres. Sin embargo sí podemos asumir si el porcentaje de personas que caen en la pobreza aumenta o disminuyen en función de una serie de indicadores observados. Para sostener mi argumento les ofrezco un poco de matemáticas (poquitas, lo prometo).

Supongamos que hay dos posibles estados para cada individuo, s=0 si no eres pobre y s=1 si sí lo eres. Supongamos que observamos una serie de variables, X, que nos pueden aproximar si esta persona está en un estado o en otro. La cuestion es que, una vez observado X podemos inferir la probabilidad de que el estado de esa persona sea 1 ó 0.

Así, supongamos que podemos calcular la probabilidad de que esta persona fuera pobre en función de X. Para ello, antes construyamos un indicador y que podamos expresar como

y=\beta X

y asumamos que la probabilidad de que s=1 es uno si dicho indicador es menor de un nivel fijado c.

Como y es solo un indicador, éste está sujeto a errores de medida (principal argumento en los debates sobre pobreza). Por lo tanto, podemos expresar la probabilidad de que una persona esté en situación de pobreza si

Prob[s=1|X]=Prob[y+\epsilon<c]

donde \epsilon es el error de medida. Así pues

Prob[s=1|X]=Prob[\beta X+\epsilon<c]

Es decir, que en función de unas características X del individuo observadas, la probabilidad de que sea o no pobre dependerá de si estas reflejan una situación de carencia o no (menor que c cuando proyecto estas características sobre un indicador a través de los coeficientes \beta y asumo que cometo un error \epsilon).

En otras palabras, supongamos que X miden la frecuencia de comer carne a la semana, o la posibilidad de permitirse vacaciones, o la de poner la calefacción en invierno, o el salario medio,… Todas estas variables me ofrecen una proyección sobre lo que es pobreza que no puedo medir con exactitud (\epsilon). Sin embargo, si X empeora, por ejemplo, la renta baja o el número de días que se come carne es menor o la calefacción debe ser puesta un menor tiempo, la probabilidad de que dicha familia esté en pobreza aumenta:

\frac{\partial Prob[s=1|X]}{\partial X}>0

También cambiará si c aumenta o baja. es decir, si cambio los criterios para decir si una familia eso no pobre. Sin embargo, independientemente del valor de c, una vez este está fijado, lo que queda es que cambios en X modificarán el porcentaje de familias en pobreza.

Estas matemáticas solo me enseñan una cuestión muy simple. Puede que no se observe diréctamente qué es pobreza, al menos en los casos menos extremos. Pero lo que sí estoy seguro es que si por algún motivo algunos de los parámetros usados para medirla (imperfectamente) empeora, lo que va a ocurrir es que la probabilidad de que las familias estén en situación de pobreza es mayor. En consecuencia, si aumenta el número de familias para las cuales existe un empeoramiento de algunos o todos los parámetros, lo que tengo claro es que la pobreza habrá aumentado. No podré decir con exactitud si una familia es o no pobre, pero sí que ésta ha aumentado.

 

Meta: cerrando etapas

Es el momento de poner las tres etapas una detrás de otra.

Supongamos que hay cambio tecnológico. Este se caracteriza por generar desigualdad al reducir el empleo entre aquellos trabajadores con niveles salariales medios y elevar especialmente el empleo entre aquellos con mayor cualificación. A su vez, gran parte de los empleos medios pasan a la parte baja de la distribución de salarios (aquí). En esta situación tendremos, como se observa para los EEUU y otros países, que es compatible el aumento de la productividad (aunque sea moderada) junto con la caída o estabilización de los salarios medios.

Por el teorema de Balassa-Samuelson podemos afirmar que existe un riesgo de exclusión de aquellos con rentas más bajas en términos reales. La desigualdad aumentará, no solo porque aumente las diferencias de salarios, sino porque parte de los trabajadores observarán caídas reales en los salarios. Tanto más cuanto mayor sea el aumento de la productividad media (miren lo que ocurre en Sillicon Valley).

La moderación o caída de los salarios reales entre aquellos con salarios más bajos es una de las variables con las que podemos medir la pobreza (X). En consecuencia, si los salarios reales de los trabajadores con salarios inferiores a la mediana se estancan o caen, aumenta la probabilidad de ser pobres entre aquellos con menores salarios. Así, podremos concluir que es bastante probable que el aumento de la desigualdad eleva la pobreza.

Conclusión

Esta entrada no pretende demostrar nada. No lo hago. Solo quiero establecer una relación lógica y factible entre desigualdad y pobreza. Puede haber otras 500 posibles. La conclusión de esta entrada es que argumentar que lo que importa es la pobreza y no la desigualdad es una afirmación peregrina. En mi opinión hay que pensar mejor lo que se dice.