¿Por qué el euro es inevitable y no tiene alternativas?

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La publicación el pasado viernes de mi último post en Vozpopuli llevó a un debate muy interesante. Uno de ellos, el que me propuso Pedro Fresco, se centraba en dos afirmaciones que expresaba en mi post y que él no compartía. La primera de ellas, que el euro no es necesariamente un paso natural al proceso de integración europeo, cosa que yo afirmaba en el post. La segunda, que no existen alternativas al euro, idea a la que obviamente Pedro ponía muchos reparos. A estos dos pareces y a su debate dedico las siguientes líneas.

En primer lugar déjenme que exponga más tranquilamente mi idea sobre la necesidad de la integración económica para luego engarzar por qué el euro es necesario.

La integración económica fue una decisión de carácter político que se refrendó en el Tratado de Roma de 1957. En dicho tratado se decidió la constitución de un mercado único para el carbón y el acero, y que firmaron tanto Francia como Alemania además de otros países de la órbita, como eran los del Benelux e Italia. Aunque económicamente tuviera sentido, la razón era profundamente estratégica. Las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX destrozaron una Europa que desde la unificación Alemana en 1871 había perdido los equilibrios y status quo habituales desde 1815. La aparición de una nueva potencia económica, política y militar, mucho mayor que su predecesora Prusia, tensionó las relaciones entre una Francia venida a menos y una Alemania cuyo preciso nacimiento tuvo como origen una guerra con su vecino galo. Después de esta, otras dos guerras más demostraron la existencia de una rivalidad que era necesario resolver. Y el Tratado de Versalles de 1919 nos enseñaba cómo no era posible hacerlo.

En este sentido, la unificación de precisamente los mercados más sensibles entre ambas potencias, carbón y acero, era como una señal del nuevo entendimiento. Además, esta unión no sólo trataba de limar rivalidades y afrontar un futuro común, sino de poner en una contra-balanza la unidad frente a la amenaza del Este.

Este proceso de integración fue avanzando poco a poco en la cantidad de mercados incluidos y de países firmantes. Su origen político fue transformándose poco a poco en una cuestión económica. En este sentido, el razonamiento deriva hacia otras consideraciones no menos importantes.

La integración de los mercados tienen una serie de beneficios y de costes. Entre los beneficios están la mayor eficiencia que las empresas pueden alcanzar. La ampliación del mercado permite aprovechar las economías de escala que, en un entorno de competencia imperfecta, permite reducir precios y por lo tanto trasladar bienestar al consumidor. El acceso a una mayor variedad de productos eleva aún más los beneficios de los procesos de integración. Sin mercado único gran parte del bienestar alcanzado recientemente no hubiera sido posible. A esto hay que unir que esta mayor eficiencia y menores costes permiten a las empresas europeas afrontar la competencia exterior con mayores garantías. Es, por lo tanto, un proceso de blindaje frente a los envites de las nuevas potencias económicas. Separar mercados, romper la unidad, tendría un coste enorme en este sentido.

Entre los costes que la integración pudiera provocar encontramos la competencia territorial por las empresas y por ello, por el PIB y la renta. Existen fuerzas centrípetas que provocan la deslocalización de las actividades productivas en favor de dos nuevos posibles emplazamientos. En primer lugar, a favor de aquellos territorios (países o regiones) con costes laborales bajos y por ello con capacidad de competir en ahorro de este tipo de costes y, en segundo lugar, en aquellos territorios con fuertes economías externas, como son mercados laborales especializados o centros productivos con fuertes “spillovers”. Para ello, la UE diseñó desde muy temprano mecanismos de compensación, como son los fondos estructurales y los fondos de cohesión, en un afán de compensar estas posibles fuerzas centrípetas y dotar a las regiones con menor capacidad de atracción económica, y especialmente las periféricas, del atractivo para que no se convirtieran en desiertos económicos.

Pero la integración no es solo eliminar aranceles o subvenciones a la exportación. Es mucho más que eso. Se necesita armonizar regulaciones, por ejemplo en ayudas a empresas, o por ejemplo en normativas técnicas a la importación. Se necesita, para eliminar posibles discriminaciones a los trabajadores que se mueven dentro del mercado único pero a diferentes países, converger educativamente, por lo que hubo que “idear” un Plan Bolonia. Se necesitan políticas sociales o de empleo que tarde o temprano se igualen. Se necesitan dotar al mercado único de instituciones comunes, paralelas a las comerciales, para conseguir una verdadera integración, y cuyo objetivo final, no lo olvidemos, es crear un verdadero mercado único donde no haya diferencias territoriales y que permita a las empresas expandir su capacidad a base de mejora de eficiencia.

Pero hay un escollo en todo este proceso arquitectónico: las diferentes monedas. No es posible una verdadera integración cuando diferentes países tienen diferentes monedas. Las razones son varias. Por ejemplo, por la existencia del riesgo cambiario. Este riesgo reduce el comercio. Limita por lo tanto las relaciones comerciales entre países, no permitiendo aprovechar toda la potencialidad de la integración. Una posibilidad sería adoptar un tipo de cambio fijo. Pero en este caso el riesgo cambiario no desaparecería, por lo que sus costes permanecerían aunque posiblemente sería menores si el compromiso de mantener el tipo fuera secundado y puesto en práctica sin fisuras por los países que participaran de ello. También están los costes de transacción, comisiones cambiaras y demás, y que podrían suponer algunos puntos de PIB. Nueva pérdida de eficiencia. Por último, el uso de las políticas monetarias para obtener réditos comerciales limaría de nuevo la verdadera naturaleza de la integración, de nuevo limitando la misma con los costes que ello supondría.

Este es el argumento por el que creo es necesaria la integración monetaria si de verdad se desea una integración económica. La razón por la que es necesaria la integración económica la he desarrollado arriba. Por ello mi argumento es que el euro es un lazo que nos ata a todos en un entorno de seguridad y estabilidad necesarios para una Europa que, no nos olvidemos, durante gran parte de su historia ha vivido entre tensiones, luchas y guerras.

En cuanto a la segunda diferencia entre mi argumento original y Pedro Fresco, que no hay alternativas, mi explicación es la siguiente.

Evidentemente las hay. Solo la muerte, como dice aquél, no la tiene. Pero a qué costes. Vamos a obviar el efecto de la posible ruptura del euro. En este caso, los costes serían amplios. Pero una vez superados, todos podríamos ajustar nuestras economías tarde o temprano. Pero de nuevo, obviemos este coste que es el más utilizado en los debates. Pensemos en el largo plazo.

En un libro publicado por el historiador Ian Morris, y que se titula ¿Por qué domina Occidente,… por ahora? nos explica que el dominio de Europa primero y de Estados Unidos después sobre Oriente es relativamente reciente. Quizás no quedó nada claro quién dominaría a quién hasta los relativamente cercanos siglos XVI-XVII. Sin embargo, no hay nada de evidente que esto vaya a continuar de este modo. La reciente tendencia de países como China, India o Vietnam, y que en cierto modo recogen los testigos de Corea del Sur y Japón, nos dice que este dominio puede ser temporal y llegar a su fin incluso antes de que acabe el siglo. Europa necesita pues buscar su camino, y para mí, muy claramente, solo es posible si es unida. O lo estamos, o no habrá un futuro prometedor para el continente. Es por ello que creo que no hay alternativa. La integración debe ser en todos los niveles: económica, monetaria y política. Si queremos sobrevivir a la larga decadencia europea y que se iniciara en 1914 sólo lo podremos hacer de este modo.

Los datos así lo dicen. El peso de la economía europea, aunque aún muy importante y relevante, es cada vez menor. Solo Alemania y España, sí, España, mantienen cuotas de mercado exterior en los últimos veinte años. La tendencia no parece que vaya a revertir. Además, este impasse en el que nos encontramos en tierra de nadie, está haciendo mella en nuestro crecimiento y en nuestras perspectivas de futuro.

Por ello es más importante ahora que nunca encontrar un camino y que en mi opinión solo es posible en la Unión. En la creación de unos Estados Unidos de Europa.