El guitarrista brasileño Jayme Marques, que ha impartido esta semana la conferencia inaugural de los cursos de verano de Olavide en Carmona, asegura que la música lo ha significado todo en su vida

Comenzó de pequeñito a tocar el tambor, con el que participó de pequeñito en el desfile de la Fiesta Nacional de Brasil, pero pronto se dio cuenta de que lo que realmente le apasionaba era la guitarra. “Mi tío tenía una guitarra clásica en un armario muy alto, y yo la miraba porque estaba enamorado de ella”, explica el guitarrista, cantante y compositor brasileño Jayme Marques, quien ha impartido esta semana la conferencia inaugural de la XVII edición de los cursos de verano, titulada “La música como cultura de vida”.

Las ideas las tuvo claras desde el principio, puesto que a los 10 años de edad se dio cuenta de que la música era realmente su vida. “No podía dejar de escuchar la radio, estaba siempre pendiente de ella y de la música que emitían”, explica. Jayme piensa, con el paso de los años, que ha nacido con el don de la música, por lo que en el colegio, cuando le dieron a escoger entre solfeo y dibujo, lo tuvo claro.

“Lo curioso es que aprendí solfeo en el papel, en la teoría musical, pero no sabía dónde estaban esas notas”. Por ello, decidió comprarse un método “de esos que se aprenden por cifrados, por números, y comencé a tocar la guitarra de oído”, asegura el guitarrista. Empezó la casa por el tejado, tal y como él dice. A los 14 años comenzó a tocar con músicos profesionales, porque tenía la capacidad de que se le quedaran las canciones con tan sólo oírlas y desde los 16 recibía clases particulares de guitarra mientras trabajaba, porque no pudo estudiar en conservatorios.

Y trabajaba en todo lo que le salía. También ayudando a su padre, “que tenía un hobby, que era comprar chatarra de coches y durante todo el año iba armando piezas y elaborando uno. Cuando venía del colegio me ponía con él, hasta el punto de que con 16 años y sin saberlo, ya era oficial mecánico”. Oficio que mantuvo hasta los 20 años, y que compaginaba tocando con orquestas en los fines de semana.

Porque cuando se sube a un escenario todo cambia y se para el tiempo, “todo sucede en el momento, es mágico. El escenario cura todos mis males, ahuyenta mis fantasmas, y es el lugar donde me siento útil a los demás. Ahí es donde la música fluye con mucho cariño y respeto y cada concierto que doy es una prueba nueva, nunca doy por seguro lo que voy a hacer y tengo la suerte de que siempre acaba gustando al público”, asegura Jayme.

Su madre ha sido el principal apoyo en este camino que decidió emprender desde muy jovencito, y con 83 años recién cumplidos, aún sigue recordando con mucha ilusión cuando llegó por primera vez a España, donde debutó con un grupo en la sala Florida Park de Madrid, con un completo repertorio brasileño. “En aquella época había una familia que marcaba la línea musical en España, los Algueró, y tuve la suerte de que me invitaran a diferentes grabaciones porque entró una fiebre de bossa nova, en general, y sobre todo en Madrid, a través de la Orquesta Orfeo Negro. El ser apadrinado por Augusto Algueró fue para mí muy importante”, recuerda el artista.

Y es que es un artista, porque compagina diferentes facetas como cantante, compositor, guitarrista… Aunque él se considera un guitarrista que canta, cree que su voz casa bien con la guitarra por una razón especial: tiene una fuerte complicidad con ella. “Soy también compositor, pero lo que más me eleva es estar en el escenario, con la guitarra y mi voz, a solas”, confiesa.

Y eso, a pesar de que comenzó a cantar con 37 años, porque sólo quería ser guitarrista. “Sin embargo, cuando empecé a cantar me di cuenta de que al público le gustaba, y logré romper la barrera de músico a artista. Me considero una cola de león porque todos los grandes artistas de España me admiran y me respetan enormemente, me llaman maestro, pero no estoy nunca en las grandes listas de la industria porque no he estado dispuesto a renunciar a mi libertad”, declara Jayme.

Y, efectivamente, ha sido maestro de maestros. Sin ir más lejos, de Paco de Algeciras, que más tarde sería Paco de Lucía, quien fue vecino suyo y al que enseñó a tocar acordes de bossa nova y jazz. En definitiva, la música lo ha significado todo en su vida y constituye su bálsamo y medicina, “es el espacio donde me relajo y el lugar que me permite hacer el bien, algo que es fundamental en esta sociedad. Los músicos, hoy en día, somos muy necesarios”, concluye.

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