España figura entre los países con mayor esperanza de vida del mundo. Sin embargo, el verdadero desafío ya no consiste únicamente en vivir más, sino en hacerlo con autonomía, bienestar y calidad de vida. Así lo sostiene Griselda Herrero Martín, profesora del Área de Nutrición y Bromatología de la Universidad Pablo de Olavide y directora del curso ‘Alimentación, movimiento y bienestar: claves para un envejecimiento saludable’, que se celebra hoy dentro de la 24 edición de los Cursos de Verano de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona.
“Vivimos más años, pero el gran reto es vivirlos con calidad”, afirma Herrero. La especialista recuerda que, aunque la genética desempeña un papel importante, el proceso de envejecimiento está condicionado en gran medida por factores sobre los que sí podemos actuar. La alimentación, la actividad física, el descanso o las relaciones sociales influyen de forma decisiva en la salud a largo plazo. “Nunca es demasiado tarde —ni demasiado pronto— para empezar a cuidarse”, subraya. Ese es, precisamente, el principal mensaje que la profesora quiere trasladar: nunca es demasiado pronto para empezar a construir un envejecimiento saludable, pero tampoco demasiado tarde para mejorar la calidad de vida.
Según explica, las decisiones cotidianas tienen un impacto mucho mayor del que solemos imaginar. “No podemos evitar cumplir años, pero sí influir en cómo lo hacemos. Esto es una carrera de fondo”, señala. Frente a la búsqueda de soluciones rápidas cuando aparecen los problemas de salud, la profesora defiende la importancia de mantener hábitos saludables de forma constante a lo largo de la vida.
En este contexto, conceptos como la inflamación crónica, la microbiota o el estrés oxidativo han adquirido un protagonismo creciente en la investigación científica. Herrero explica que estos procesos forman parte del funcionamiento normal del organismo, pero cuando se mantienen de forma continuada pueden favorecer la aparición de enfermedades asociadas al envejecimiento. Comprenderlos, asegura, permite entender por qué el estilo de vida constituye una de las herramientas más eficaces para preservar la salud.
La alimentación desempeña un papel esencial en ese proceso. Más allá del peso corporal, influye directamente en la masa muscular, la salud cardiovascular, la memoria, el sistema inmunitario y la autonomía personal. “Comer bien no garantiza un envejecimiento saludable por sí mismo, pero sí aumenta las probabilidades de conseguirlo. Es como jugar a la lotería con más papeletas: las posibilidades de que toque son mucho mayores’, explica.
Relación con la comida
La directora del curso recuerda además que nuestra relación con la comida cambia a medida que envejecemos. La jubilación, la soledad, las modificaciones en las rutinas o los cambios emocionales pueden transformar los hábitos alimentarios y la forma de relacionarnos con los alimentos.
En este sentido, insiste en que las emociones tienen una importancia mucho mayor del que habitualmente se reconoce. “No siempre comemos por hambre; también lo hacemos por estrés, aburrimiento, tristeza o celebración”, afirma. Aprender a identificar esas situaciones permite desarrollar una relación más saludable con la alimentación, alejada de la culpa, la rigidez, el exceso de control y el miedo”.
El bienestar emocional constituye, de hecho, uno de los pilares del envejecimiento saludable. Mantener relaciones sociales, sentirse útil, dormir bien y permanecer activo forman parte, según Herrero, de las estrategias más eficaces para cuidar también la salud mental. “Envejecer bien no es solo cuestión de años, sino también de bienestar emocional y social”, sostiene.
Otro de los grandes desafíos es combatir el sedentarismo. Con el paso del tiempo disminuye la actividad física y aumenta el riesgo de desarrollar sarcopenia, una pérdida progresiva de masa y fuerza muscular que puede dificultar acciones tan cotidianas como levantarse de una silla, subir escaleras o transportar una bolsa de la compra. “No hace falta esperar a una caída para detectar que algo está ocurriendo”, advierte. Reconocer a tiempo estas señales permite actuar antes de que aparezcan mayores problemas de autonomía.
El descanso constituye igualmente un factor determinante para un envejecimiento saludable. “Dormir bien favorece la memoria, el sistema inmunitario, el metabolismo y el estado de ánimo”. Sin embargo, la especialista insiste en que no basta con contar horas. “La calidad del sueño es igual de importante. Aprender a reconocer cuándo el descanso no resulta reparador también forma parte del cuidado de la salud”, asegura.
Respecto al creciente consumo de suplementos nutricionales, Griselda hace un llamamiento a la prudencia. Aunque reconoce que pueden resultar útiles en situaciones concretas y bajo indicación profesional, insiste en que no sustituyen una alimentación saludable. “El reto no es tomar más suplementos, sino saber quién los necesita realmente y cuáles cuentan con evidencia científica”, explica.
La profesora invita también a reflexionar sobre la imagen social del envejecimiento. A su juicio, la sociedad continúa asociando la vejez con pérdida de capacidad o de valor personal, alimentando estereotipos que perjudican el bienestar de las personas mayores. “El problema no es envejecer, sino los prejuicios que siguen rodeando esta etapa de la vida”, afirma.
En esa misma línea, reivindica la importancia de aceptar los cambios corporales desde el cuidado y no desde la exigencia. “Aceptar los cambios del cuerpo no significa resignarse, sino aprender a cuidarlo desde el respeto y no desde la exigencia. Una buena relación con nuestro cuerpo favorece el bienestar emocional y también influye en la forma en que nos alimentamos y nos cuidamos”, explica.
El curso ‘Alimentación, movimiento y bienestar: claves para un envejecimiento saludable’ ofrece un recorrido por los principales factores que la ciencia identifica hoy como determinantes para llegar a la vejez con mayor autonomía y bienestar. A través de un enfoque multidisciplinar, analiza cómo la alimentación, la actividad física, el descanso, la salud emocional y otros hábitos cotidianos pueden contribuir a un envejecimiento más activo y saludable.





