¡Hola colorás y coloraos!
Seguro que habéis oído hablar del coleccionismo y de grandes familias que han promovido esta tradición como los Médici, los Sforza o los Colonna, pero ¿os habéis preguntado o habéis sentido curiosidad por saber como fue en Sevilla? En este capítulo intentaremos abordar algunas de estas cuestiones y aportar una cronología para comprender este fenómeno.
En primer lugar, Sevilla se consolidó durante la Edad Moderna como una urbe cosmopolita y un enclave estratégico para el desarrollo de los negocios vinculados a la Carrera de Indias. Contaba con una población extranjera numerosa y se dedicaban principalmente al comercio. Esto hizo que Sevilla adquiriera relaciones con algunos de los puertos más importantes. Esto provocó que flamencos y holandeses formasen rutas Amberes-Sevilla y que la presencia de genoveses, franceses y portugueses se hiciera más notoria a lo largo del tiempo. Muchos se arraigaron a la ciudad y las familias empezaron a adquirir viviendas.
En este contexto el análisis de estas colecciones privadas hemos de recalcar que nos falta mucha información y no podemos definir exactamente los gustos personales de cada familia ni qué criterio seguían, ya que muchas eran “recolecciones”, es decir, que se componían esencialmente de compras en subastas o regalos. Lo que sí podemos saber es que la pintura flamenca llegó a Sevilla debido a esta confluencia cultural de los mercaderes, ya que muchos de ellos eran hombres de negocios. Esto dio comienzo a una circulación estable de obras de arte.
Aunque era una práctica más antigua, alrededor de 1649 —tras la epidemia— surgió la necesidad de exhibir y mostrar públicamente el origen familiar y la posición social. Una de las primeras familias en marcar su posición fue la de los Omazur, que fueron retratados por Murillo. No es de extrañar que el retrato fuese el género pictórico más usado, ya que se querían dar a conocer de forma pública y presumir del linaje. El retrato fue variando con el tiempo, con aplicación de nuevas técnicas y soluciones para una mayor expresividad. Tuvo tanta repercusión que incluso fue llegando a talleres sevillanos. Los pintores flamencos tuvieron un papel importante, ya que ayudaron a introducir y difundir grabados en el mundo artístico de la época.
Sin embargo, ese dinamismo internacional del Barroco se vio truncado hacia el último tercio del siglo XVIII por un cambio de paradigma y una profunda crisis económica y la escuela sevillana tuvo que adaptarse a la pintura de Murillo para sobrevivir. Su estilo acabó convirtiéndose en un referente muy demandado, casi en un objeto de consumo o recuerdo. Siguiendo el gusto de la reina Isabel de Farnesio, las colecciones sevillanas de finales del XVIII y XIX se componían tanto de obras originales como de copias o pinturas realizadas “al estilo de Murillo”.
Estas obras solían acabar en acumulaciones privadas de forma aleatoria que solían dispersarse tras la muerte de los familiares. Frente a la dispersión de las antiguas colecciones privadas, la Catedral de Sevilla emergió en el siglo XIX como el gran depósito patrimonial de la ciudad.
Bibliografía
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Imagen: El archiduque Leopoldo Guillermo, en su galería de pinturas de Bruselas (ca. 1950), David Teniers el Joven, Museo del Prado (Madrid).




