¡Hola colorás y coloraos!
En el capítulo anterior esbozamos brevemente el auge de Sevilla y como ello impulsó el desarrollo del coleccionismo y el género del retrato como un símbolo de poder y prestigio. Con la llegada de nuevos mercaderes, se produjo un cambio de paradigma en la ciudad.
Con la llegada del siglo XIX y los procesos de desamortización, la situación cambió drásticamente. Mientras muchas colecciones privadas se dispersaban, la Catedral de Sevilla se consolidó como un depósito patrimonial fundamental, no solo por compras, sino por un afán de patrocinio civil y religioso. Entre 1840 y 1929, se documenta el ingreso de al menos 87 pinturas, que hoy forman parte de una pinacoteca que alcanza las 811 obras catalogadas.
Gracias a este legado, la catedral de Sevilla logró convertirse en la segunda pinacoteca más importante de Sevilla y una de las más sobresalientes de toda España. Las pinturas suponen actualmente algo más del 10% de las obras catalogadas en el templo. Tras las desamortizaciones, los ciudadanos se convirtieron en los patrocinadores y promotores de las labores de restauración y mantenimiento debido a la precaria situación en la que quedó la Iglesia. Estas donaciones también solventaron el problema de la dispersión de las colecciones, ya que de esta forma quedaban expuestas de forma permanente en un lugar fijo.
Estas obras fueron recibidas a través de legados y donaciones. En el proceso de selección, el Cabildo ejerció un criterio que actuó como filtro de calidad, llegando incluso a rechazar obras consideradas inadecuadas para el espacio sagrado. Entre los donantes, destacan nombres como Juan Nepomuceno Escudero, José María Gómez y Espinosa de los Monteros, Pieter van Lint… Sin embargo, las mujeres también tuvieron un papel muy importante en la historia del coleccionismo, ya que muchas de ellas donaron pinturas, muebles y textiles a la Iglesia. Entre las más destacadas, encontramos a Juana Bucarelli, marquesa de Vallehermoso, que reunió 280 pinturas.
La consolidación de la colección de la Catedral de Sevilla supone la transformación de un patrimonio inicialmente privado y cambiante en un depósito estable y de carácter público. Entre 1840 y 1929, la Catedral se convirtió en el principal refugio de la escuela sevillana. Este crecimiento fue posible gracias a donaciones y legados testamentarios de clérigos y particulares. Las donaciones también han ayudado al análisis de la biografía de los donantes, lo que ha sido clave para comprender el sentido cultural y social de estos legados dentro de su contexto histórico.
Bibliografía
Hernández Núñez, J. C. (2012). Coleccionismo y puesta en valor: la colección pictórica de la Catedral de Sevilla entre 1840 y 1929. I Congreso Internacional de Jóvenes Investigadores.
Illán Martín, M. (2006). Coleccionismo y patronazgo artístico femenino en la Sevilla de finales del siglo XVIII. Lorenzana de la Puente, F. y Mateos Ascacíbar, FJ (aut.): Arte, poder y sociedad y otros estudios sobre Extremadura, 109-118.
Foto: La adoración de los reyes. Jacob Jordaens, 1669. Capilla de San Antonio. Catedral de Sevilla




