¡Muy buenas, coloraos y colorás!
Hoy vengo con un tema muy reciente que ha dado mucho que hablar (en el mundo cofrade) en los últimos días: el cabildo extraordinario de la Hermandad del Amor (Sevilla) para someter a votación la restauración de su Cristo.
Algo importante patrimonialmente hablando, pues el Cristo del Amor no es solo una talla barroca impresionante; también para mucha gente es un recuerdo, una emoción, una parte de su vida. Y por eso mismo, todo lo que ocurre alrededor de Él en estos últimos días se vive de una forma tan intensa.
El debate de estos días
En los últimos días se ha hablado muchísimo del cabildo extraordinario que la Hermandad del Amor va a celebrar para someter a votación una posible intervención de conservación sobre la imagen del Cristo. La propuesta ha sido elaborada por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), y será finalmente los hermanos quienes decidan el futuro de la intervención.
Y claro, en Sevilla estas cosas nunca son simples. Sabemos perfectamente cómo es esta ciudad.
Porque aquí hablar de restaurar una imagen no es solo hablar de patrimonio. Es hablar de sentimientos. De recuerdos. De cómo cada persona ha aprendido a mirar a esa imagen durante toda su vida.
El miedo a que algo cambie
Creo que mucha gente entiende perfectamente la necesidad de conservar el patrimonio. Es lógico. Las imágenes necesitan cuidados, estudios y mantenimiento para poder seguir existiendo dentro de cien años.
Pero al mismo tiempo aparece ese miedo inevitable: ¿y si cambia su mirada?, ¿y si deja de verse “como siempre”?, ¿y si perdemos algo que sentimos nuestro?
Y sinceramente, creo que ese miedo es bastante humano.
Porque muchas veces no nos damos cuenta de hasta qué punto estas imágenes forman parte de nuestra memoria personal hasta que aparece la posibilidad de intervenirlas.
Mucho más que una obra de arte
El Cristo del Amor es patrimonio artístico, claro que sí. La obra de Juan de Mesa tiene un valor enorme dentro del barroco sevillano. Pero reducirlo solo a eso sería quedarnos corto.
Para muchos sevillanos es también la noche de su Domingo de Ramos: una chicotá en silencio, una entrada en el Salvador, o simplemente un recuerdo de infancia al lado de alguien importante.
Y ahí es donde creo que Sevilla tiene algo muy especial: aquí el patrimonio no se contempla solo con los ojos. También se vive emocionalmente.
Conservar también es querer
A veces da la sensación de que restaurar algo significa romper con su historia, pero en realidad muchas veces ocurre justo lo contrario. Nada de eso, conservar también es una forma de querer.
La clave está en hacerlo bien, con respeto y entendiendo que detrás de una imagen así hay muchísimo más que madera y policromía.
Hay una ciudad entera mirándola.
Sevilla y sus emociones
Quizás por eso este tipo de debates generan tanto movimiento. Porque en Sevilla las cofradías forman parte de la vida cotidiana de muchísima gente, incluso de personas que no participan activamente en ellas. Ya se vio el pasado verano con la restauración de la Macarena.
Y al final, eso también habla del valor patrimonial de la Semana Santa sevillana: no solo por lo artístico, sino por la capacidad que tiene de formar parte de la memoria emocional de una ciudad.
Desde mi punto de vista, me dolería bastante ver un NO en la mayoría de votos; la imagen necesita sí o sí la restauración. Duele bastante verlo en las calles cada Domingo de Ramos con ese tono tan negro, en el que apenas se puede contemplar la belleza barroca que desprende esta imagen.
Nada más.




