El papel de las abuelas en la conservación del patrimonio gastronómico

¡Hola, colorás y coloraos!
Hoy vengo a hablaros de algo que todos conocemos, aunque muchas veces no lo pensemos como
patrimonio: la comida de nuestras abuelas. Sí, esas recetas que parecen simples, que no están en ningún
libro, pero que saben mejor que cualquier plato de restaurante.
Porque cuando hablamos de patrimonio andaluz, solemos pensar en monumentos, museos o grandes
tradiciones. Pero hay un patrimonio mucho más cercano, mucho más cotidiano, que se transmite sin darnos
cuenta: la cocina de casa. Y en la mayoría de los casos, ahí hay una figura clave que lo sostiene todo: las
abuelas.
Para que me entendáis, muchas de las recetas que hoy consideramos “típicas” no nacieron como algo
especial. Eran platos del día a día, hechos con lo que había, pensados para alimentar a la familia. Gazpacho,
puchero, potaje, migas… cocina humilde, de aprovechamiento, de saber hacer. Y ese saber no estaba escrito.
No había cantidades exactas, ni tiempos medidos, ni instrucciones paso a paso. Todo se aprendía mirando,
ayudando, probando. “Un poco de esto”, “cuando lo veas bien”, “hasta que huela así”. Es decir, un
conocimiento completamente práctico, basado en la experiencia. Y ahí es donde entra el papel de las
abuelas.
Porque han sido ellas, en muchísimos casos, las que han mantenido vivas esas recetas. No solo cocinándolas,
sino enseñándolas sin necesidad de sentarse a enseñar. Simplemente dejando que estuvieras en la cocina, que
observaras, que preguntaras. Y eso es patrimonio.
Un patrimonio que no está en vitrinas, que no tiene cartel explicativo, pero que forma parte de la identidad
cultural tanto como cualquier obra de arte.
Además, hay algo importante: la cocina tradicional no es solo la receta en sí, sino todo lo que la rodea. El
momento de reunirse, la forma de servir, el contexto familiar. No es lo mismo comer un plato que comerlo
en casa de tu abuela un domingo.
Ahí hay memoria. Y esa memoria se activa con cosas muy concretas: un olor, un sabor, una textura. Todos
tenemos algún plato que nos lleva directamente a un momento, a una persona, a un lugar. Y eso no es
casualidad.
La comida es una de las formas más potentes de transmisión cultural. Sin embargo, aquí viene el problema:
este tipo de patrimonio es también uno de los más frágiles. Porque depende de las personas.
A diferencia de un edificio o un cuadro, que se puede conservar físicamente, estas recetas se pierden si no se
transmiten. Si nadie aprende a hacerlas, si nadie continúa ese proceso, desaparecen. Y hoy en día, con los
cambios en el ritmo de vida, esto está pasando más de lo que pensamos.
Cocinamos menos, tenemos menos tiempo, recurrimos más a comida preparada o recetas rápidas. Y poco a
poco, ese conocimiento que antes se daba por hecho empieza a diluirse. No es que desaparezca de golpe,
pero sí que cambia. Se simplifica, se adapta, se transforma. Y eso no es necesariamente malo —porque el
patrimonio también evoluciona—, pero sí plantea una pregunta interesante: ¿qué parte se mantiene y cuál se
pierde por el camino?
Además, también está el tema de la visibilidad. Hoy en día, la gastronomía está muy presente en redes, en
programas de televisión, en restaurantes. Pero muchas veces se muestra una versión más elaborada, más
“estética”, más profesional. Y en ese proceso, la cocina de casa queda en un segundo plano, cuando en
realidad, es la base de todo.
Muchos de los platos que hoy vemos reinterpretados en restaurantes nacen precisamente de esas recetas
tradicionales solo que con otra presentación, otros ingredientes o técnicas más modernas. Por eso, reconocer
el papel de las abuelas en todo esto es también una forma de valorar ese origen.
Yo lo resumiría así: ellas no solo cocinan, conservan.
Conservan recetas, pero también formas de hacer, tiempos, costumbres. Conservan una manera de entender
la comida que no está pensada para impresionar, sino para compartir. Y eso tiene un valor enorme.
Os soy sincera: todos hemos intentado alguna vez repetir una receta de nuestra abuela… y no sabe igual.
Aunque uses los mismos ingredientes, aunque sigas los pasos. Siempre hay algo que falta. Y quizá es
precisamente eso lo que hace que este patrimonio sea tan especial, que no es del todo reproducible.
En definitiva, la cocina tradicional andaluza no se entiende sin esa transmisión silenciosa que ha pasado de
generación en generación. Y en muchos casos, ese hilo conductor han sido las abuelas.
Así que la próxima vez que estéis en la cocina con ellas, o recordando uno de sus platos, pensad que no es
solo comida: es historia, es cultura y es patrimonio, del que no sale en los libros, pero que todos llevamos
dentro.
¡Nos leemos, colorás y coloraos!

Inés García Gómez
Inés García Gómez
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