Formación Permanente

UNIVERSIDAD PABLO DE OLAVIDE

Alma Serra: “La conducta de un niño o niña siempre tiene un sentido; el reto es comprender qué nos está diciendo”

La educación afronta hoy retos que van mucho más allá de la transmisión de conocimientos. El aumento de las dificultades emocionales, los problemas de conducta y la creciente complejidad social obligan, según la psicóloga, antropóloga y docente Alma Serra González, a replantear la manera en que entendemos la escuela. Así lo defiende la directora del curso ‘Trastornos de conducta en el aula desde enfoques de tercera generación’, que comienza hoy dentro de la 24ª edición de los Cursos de Verano de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona.

Para Serra, uno de los principales cambios consiste en dejar de interpretar determinadas conductas como un problema aislado para comprender qué hay detrás de ellas. “Detrás de una conducta siempre hay una historia”, afirma. En su opinión, durante años la educación ha intentado modificar comportamientos sin preguntarse por las necesidades, las experiencias o las heridas que los sostienen. “Debemos dejar de preguntarnos ‘¿qué le pasa a este niño o niña?’ para empezar a preguntarnos ‘¿qué le ha pasado?’ y, sobre todo, ‘¿qué necesita?’. Ese cambio de pregunta cambia por completo la manera de educar”, sostiene.

Desde esta perspectiva, los llamados trastornos de conducta dejan de entenderse como un problema que reside exclusivamente en el menor para interpretarse como respuestas adaptativas a experiencias de estrés, inseguridad o sufrimiento. «La conducta no es el problema; es la forma que tiene el niño o niña de expresar que algo no va bien», resume.

Ese planteamiento forma parte de las denominadas escuelas sensibles al trauma, un modelo educativo que, según explica, entiende que el aprendizaje solo es posible cuando el alumnado se siente seguro. “Cuando un niño o niña vive en amenaza constante, su sistema no está preparado para memorizar contenidos; está intentando sobrevivir”, señala. Por ello, considera que la escuela debe convertirse en un espacio capaz de ofrecer seguridad, confianza y vínculos que favorezcan tanto el aprendizaje como el desarrollo personal. A su juicio, el vínculo con los adultos de referencia constituye una de las herramientas educativas más eficaces para favorecer el aprendizaje y el desarrollo personal.

La directora del curso considera que en los últimos años se ha avanzado notablemente en el conocimiento científico sobre el desarrollo infantil y adolescente, aunque todavía persisten enfoques excesivamente centrados en corregir la conducta sin atender a sus causas. Desde la perspectiva de las denominadas terapias de tercera generación, el objetivo no es únicamente modificar comportamientos, sino comprender los procesos emocionales, relacionales y contextuales que los originan.

Lejos de plantear una educación permisiva, Serra insiste en que comprender no significa justificar cualquier comportamiento. Los límites siguen siendo necesarios, pero deben establecerse desde el respeto, la coherencia y el acompañamiento emocional. “Los niños y niñas necesitan adultos que sepan sostener su malestar sin responder desde el enfado o el castigo”, sostiene.

La especialista advierte también sobre el riesgo de etiquetar de forma prematura a niños/as y adolescentes. Aunque los diagnósticos pueden resultar útiles cuando facilitan el acceso a apoyos especializados, recuerda que ninguna etiqueta debe definir a una persona ni condicionar las expectativas sobre su evolución. “El diagnóstico debe abrir puertas, nunca cerrarlas”, señala.

Escuela sensible al trauma

Sin embargo, Serra insiste en que una escuela verdaderamente sensible al trauma no solo debe cuidar al alumnado, sino también a quienes sostienen el sistema educativo cada día. “No podemos construir escuelas emocionalmente saludables sobre docentes emocionalmente agotados”, afirma. A su juicio, el bienestar del profesorado se ha convertido en una cuestión urgente que, con demasiada frecuencia, queda relegada en el debate educativo.

La directora del curso recuerda que durante la pandemia la sociedad reconoció el esfuerzo extraordinario realizado por los equipos docentes, aunque ese reconocimiento fue, en su opinión, efímero. “La pandemia dejó una huella muy profunda en la salud de muchos docentes y la sociedad pasó página demasiado rápido”, lamenta.

En este sentido, considera que el debate sobre la mejora de la educación no puede limitarse a reducir ratios o incrementar recursos materiales, aunque reconoce que ambas medidas serían positivas. “Las escuelas no pueden seguir siendo el lugar donde depositamos todos los problemas sociales esperando que un maestro o una maestra los resuelva en solitario”, advierte. Para Serra, resulta imprescindible devolver prestigio, confianza y reconocimiento a la profesión docente.

La especialista propone además avanzar hacia un modelo educativo basado en el trabajo interdisciplinar. Frente a la creciente complejidad de las aulas, defiende que los centros educativos incorporen equipos formados por docentes, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, educadores/as sociales, terapeutas ocupacionales y otros profesionales capaces de compartir responsabilidades y ofrecer respuestas coordinadas. “Educar es demasiado complejo para hacerlo en soledad”, resume.

Colaboración con las familias

Otro de los pilares de este enfoque es la colaboración con las familias. Aunque reconoce que no siempre resulta sencilla, considera imprescindible mantener espacios de diálogo respetuoso, comprendiendo que muchas familias también afrontan sus propias dificultades personales, económicas o emocionales. “La escuela no puede convertirse en un tribunal que juzgue a las familias, pero tampoco puede renunciar a seguir ofreciéndose como espacio de encuentro”, explica.

Para Serra, el debate sobre si las emociones deben formar parte de la educación carece ya de sentido. “Es imposible educar sin emociones”, sostiene. La verdadera cuestión, añade, consiste en decidir desde qué emociones queremos enseñar: desde el miedo y el castigo o desde la seguridad, el vínculo, la confianza y los cuidados.

Lejos de tratarse de una corriente pedagógica pasajera, la directora del curso recuerda que este enfoque cuenta con un sólido respaldo científico procedente de la neurociencia, la teoría del apego, la investigación sobre trauma y la psicología contextual. “Hoy sabemos que las personas aprenden mejor cuando se sienten seguras”, afirma. Asimismo, recuerda que la regulación emocional no se aprende únicamente mediante explicaciones, sino a través de la relación con otros. “Un adulto regulado ayuda a regular el sistema nervioso del niño o de la niña”, explica, subrayando la importancia de la corregulación como base del aprendizaje y del bienestar.

Como mensaje final, Serra lanza una reflexión dirigida a las administraciones educativas: “Cuidar la educación pública es cuidar la salud pública. Y cuidar la educación empieza por cuidar a quienes sostienen cada día nuestras escuelas”. A su juicio, ofrecer tiempo para la coordinación, el descanso emocional y el trabajo conjunto constituye una de las inversiones más inteligentes que puede realizar una sociedad.