¡Muy buenas, coloraos y colorás!
Hay veces que el patrimonio de una ciudad no está en los grandes monumentos ni en los sitios más famosos. A veces está escondido en un pequeño detalle que pasa desapercibido para casi todo el mundo. Y eso es exactamente lo que ocurre con el llamado Hombre de Piedra de Sevilla.
La primera vez que lo vi fue gracias a mi padre. Recuerdo, ya hace un porrón de años (cuando era peque), cuando estábamos dando un paseo familiar en una tarde de cuaresma viendo pasos y mi padre me contó su historia (cuando pasamos por allí, que estaba el coche muy cerquita de ahí). Y la verdad, desde entonces, cada vez que oigo hablar del Hombre de Piedra me acuerdo de ese momento. Precisamente esta escultura la podemos encontrar en la calle que lleva su nombre (Hombre de Piedra), en pleno barrio de San Lorenzo y muy cerquita de la Alameda de Hércules.
Al final, lo especial de todo es quien que te termina contando esa historia.
Una figura escondida en plena ciudad
El Hombre de Piedra es una escultura colocada, como hemos dicho, en el barrio de San Lorenzo y mucha gente pasa por delante sin darse cuenta siquiera de que está ahí. Muy escondida, como buscando ponerla justo ahí intencionadamente.
No es un gran monumento ni algo especialmente llamativo a primera vista. Pero precisamente ahí está parte de su encanto. Parece uno de esos secretos que la ciudad guarda para quien se detiene un poco a mirar.
Entre leyenda y tradición popular
Como ocurre con muchas historias sevillanas, como la del Cachorro que hemos hablado, alrededor del Hombre de Piedra hay varias versiones. La más conocida cuenta que representa a un hombre condenado eternamente por un crimen o por una traición, quedando convertido en piedra como castigo. Esa es la leyenda que me contó mi padre.
Con el tiempo, la figura terminó formando parte del imaginario popular de la ciudad. Y, sinceramente, creo que ahí está lo bonito del asunto.
La Sevilla que se transmite hablando
Muchas veces pensamos en el patrimonio como algo que aprendemos entrando en un museo (que también), pero aquí también existe mucho patrimonio que se transmite simplemente hablando.
Un padre que le cuenta una historia a su hijo mientras pasean, un abuelo que señala una fachada, ese amigo que te explica por qué una calle se llama así… También en un lugar muy escondido, en una calle perdida… es ahí donde también está el patrimonio de nuestra ciudad.
Y al final, estas pequeñas historias también acaban conformando el patrimonio de la ciudad.




