¡Muy buenas, coloraos y colorás!
No todo lo religioso está dentro de las iglesias. A veces, está en las paredes, en las esquinas, en mitad de una calle cualquiera. Y uno de los mejores ejemplos de esto son los azulejos del Vía Crucis repartidos por la ciudad.
Un Vía Crucis que se quedó en la calle
En Sevilla existe una tradición muy antigua ligada al Vía Crucis de la Cruz del Campo, que históricamente recorría distintos puntos de la ciudad. Con el tiempo, esa devoción no solo se mantuvo en procesiones o cultos, sino que quedó fijada también en forma de azulejos repartidos por el casco histórico.
Estos paneles cerámicos representan las distintas estaciones del Vía Crucis y funcionan casi como pequeñas paradas de un recorrido invisible que atraviesa la ciudad.
La calle como recorrido devocional
Lo interesante es cómo estos azulejos están integrados en el propio tejido urbano. No están en un museo ni en un espacio cerrado: están en la calle.
Por ejemplo, podemos encontrarlos en zonas como la calle Águilas o el entorno de San Esteban, muy ligada a la tradición cofrade y a la salida de varias hermandades. También aparecen en puntos como Puerta Carmona o el eje de Luis Montoto, una de las antiguas vías de entrada a la ciudad, donde todavía se conservan varias estaciones cerámicas del Vía Crucis.
En este último caso, en la calle Luis Montoto, los azulejos forman una especie de secuencia repartida a lo largo de la vía, recordando ese antiguo recorrido penitencial que conectaba distintos puntos de Sevilla.
Arte cerámico al servicio de la devoción
Estos paneles no son simples decoraciones. Son piezas de cerámica pintada que narran escenas concretas de la Pasión: caídas, encuentros, la crucifixión… Cada estación está representada con una intención claramente devocional. Además, todos estos azulejos presentan a imágenes (de Cristos) las hermandades de penitencia que habitan y salen en Semana Santa en nuestra ciudad sevillana.
De hecho, muchos de ellos han sido realizados en talleres sevillanos especializados en cerámica, lo que vuelve a conectar este tema con lo que veíamos en Triana: el barro convertido en arte y en identidad de ciudad.
San Esteban y lo mudéjar, otra vez
Un caso muy significativo es el entorno de la iglesia de San Esteban, donde encontramos azulejos del Vía Crucis en su fachada, integrados directamente en el espacio urbano y cofrade.
Es interesante porque aquí se mezcla todo: el patrimonio arquitectónico mudéjar, tradición cofrade y representación cerámica. No es solo un azulejo, es una forma de situar la devoción en el propio barrio rodeado de un entorno mudéjar.
Una ciudad que recorre su propia Pasión
Al final, estos azulejos convierten Sevilla en algo curioso: una ciudad que no solo se visita, sino que también se “lee”.
Cada estación es una especie de fragmento de historia religiosa y artística que está ahí, en la calle, esperando a que te fijes.
Y eso nos dice mucho de cómo Sevilla entiende su patrimonio: no solo como algo que se conserva, sino como algo que se vive.




