
Las ciudades actuales se han construido durante décadas tomando como referente un sujeto muy concreto: “un hombre blanco, adulto, con recursos económicos, que trabaja fuera del hogar y se desplaza en vehículo privado”. Así lo han señalado Alicia Pérez García y Daniela Ramos Pasquel, cofundadoras del colectivo TerritoriAS y directoras del curso de verano ‘Cuerpos territorios: metodologías feministas’, que ha comenzado hoy en Carmona en el marco de la programación estival de la Universidad Pablo de Olavide.
El seminario, que comienza con la proyección del documental ‘Ellas en la ciudad’, plantea cómo impacta en la vida cotidiana el hecho de que el diseño urbano se haya centrado históricamente en este modelo masculino dominante. Para Alicia Pérez, la huella de este sesgo es evidente: “Las ciudades no han puesto el cuidado de la vida de las personas como motor de sus decisiones. Esto ha invisibilizado las experiencias y necesidades de quienes sostienen la vida cotidiana: infancias, adolescencias, personas mayores, disidencias, migraciones, diversidad funcional… están históricamente fuera del planeamiento urbano. El resultado son ciudades que dificultan los desplazamientos cotidianos, los cuidados y la vida comunitaria”.
Uno de los ejes centrales del curso es el impacto de la especulación inmobiliaria, que las expertas vinculan directamente con un deterioro de las condiciones de vida y salud. Daniela Ramos advierte: “La especulación inmobiliaria desplaza a la población precarizada a las periferias y destruye las redes de apoyo que las mujeres han construido para sostener los cuidados. Este desplazamiento dificulta conciliar la vida personal y laboral, sometiendo a las mujeres a largos periodos de estrés que afectan a su salud física y emocional y que deja secuelas irreversibles, más aún en los hogares monomarentales”.
A esto se suma, según señala Ramos, el sobreesfuerzo económico y el empobrecimiento del tiempo, debido a las largas distancias que deben recorrerse para llegar a los lugares de trabajo y las infraestructuras de cuidado que no están cerca de las nuevas viviendas. Por ello, Pérez insiste en la necesidad de introducir procesos participativos: “Si no incorporamos la complejidad de las vidas que habitan nuestros barrios, es imposible que no estemos dejando necesidades atrás”.
Cartografías sociales y corporales
Frente al modelo excluyente, el curso propone herramientas como las cartografías sociales y corporales, inspiradas en prácticas feministas y en movimientos del sur global. Daniela Ramos explica: “El cuerpo es el primer territorio que habitamos. Desde nuestro cuerpo nos relacionamos con otras personas, y habitamos otras escalas del territorio: la casa, el barrio, la ciudad… Estas distintas escalas del territorio son interdependientes y están en constante relación definiendo nuestra experiencia vital”.
Al entender el cuerpo como un territorio, según explica Daniela, “entendemos que, por ejemplo, las políticas de vivienda tienen una afectación física y emocional en nosotras. Impactan en el cuerpo, dejando secuelas irreversibles que condicionan la experiencia personal y colectiva. En el caso de la vivienda, entendida como un espacio de y para el cuidado, la fragmentación tradicional del espacio no favorece los cuidados y la corresponsabilidad y responde a un modelo tradicional de familia que es minoritario. A nivel de barrio, carecemos de infraestructuras públicas que favorezcan el cuidado comunitario”.
Esta metodología no solo transforma el diseño, sino que cuestiona quién produce el conocimiento sobre la ciudad. Al legitimar las experiencias y emociones cotidianas, se posiciona a los vecinos como agentes de cambio social. En el espacio público, esto se traduce en mejoras concretas de iluminación, visibilidad, accesibilidad y diversidad de usos. “Todo ello contribuye a aumentar la percepción de seguridad y la libertad de movimiento de las mujeres y de otros colectivos vulnerables”, subraya Alicia Pérez.
El curso también aborda el vínculo entre activismo local y luchas globales en un contexto de retroceso de derechos. A este respecto, Daniela Ramos destaca: “Compartimos la necesidad de hacer política desde lo cotidiano para resolver de manera colectiva el retroceso de derechos a nivel mundial. También, compartimos la necesidad de hablar desde las experiencias emocionales que nos atraviesan de una manera crítica. Escucharnos, reflexionar y dialogar para construir posturas que nos permitan enfrentar las problemáticas no desde lo personal, sino desde lo comunitario”.
En el caso de Andalucía, Alicia Pérez señala los principales frentes de vulnerabilidad: “Creemos que no existe una sola prioridad. El retroceso en los derechos conseguidos tiene varios frentes que son específicos en cada territorio. En Andalucía, la salud, la vivienda y la movilidad humana están siendo factores de exclusión para la ciudadanía, principalmente para las mujeres y las disidencias. Ya que la intersección de estos factores condiciona la posibilidad de vivir una vida libre de violencias”.
Para finalizar, las directoras reivindican el activismo de proximidad como herramienta de transformación social y concluyen con la siguiente reflexión: “Los movimientos ciudadanos a nivel global han demostrado que se puede ejercer presión sobre las decisiones políticas. El activismo ciudadano a escala de barrio conecta a las personas, crea alianzas que posibilitan sostener las vidas y moviliza afectos. Esta afectividad construye redes de apoyo y genera transformación social”.
Fuente: Fundación Universidad Pablo de Olavide

