Mirada científicaDesde mi ventana

Miedo, mucho miedo, precaución, inseguridad

rostro con mascarillaMiedo. Mucho miedo. Preocupación, inseguridad a los cambios que se están dando en nuestra vida cotidiana por la situación extrema del Covid-19. La salud preocupa, pero el miedo aflora con mayor intensidad en el ámbito de la economía y por sus consecuencias devastadoras entre trabajadores y trabajadoras.

Miedos que afectan especialmente a las capas más desfavorecidas de la sociedad y que generan desventajas que van a generar consecuencias extremadamente dispares, en lo económico, por supuesto, pero también en lo social, en lo laboral y en lo educativo.

Hasta ahora se creía que la modernidad iba a ser aquel período de la historia humana en el que, por fin, quedarían atrás los temores que atenazaban la vida social del pasado y los seres humanos podríamos controlar nuestras vidas y dominar las imprevisibles fuerzas de los mundos social y natural. En cambio, en el año 2020 volvemos a vivir una época de miedo, porque vivimos en la llamada sociedad del miedo (Bude, 2017), caracterizada por múltiples y variadas ansiedades e inseguridades (Ross y Mirowsky, 2000). Ante un mundo moderno que asume un porvenir desconocido, incalculable y angustiante, los miedos no sólo están en relación a la inseguridad ciudadana de ser víctima de un delito.

Del miedo al delito al miedo hacia un virus

Frente al enfoque de épocas pasadas que relacionaba la inseguridad y el miedo con factores de orden delictivo, hoy lo nuevo son los de otro tipo como lo que estamos viviendo asociados a la crisis del coronavirus. Hoy, como estamos viviendo muchos de nosotros y vemos diariamente en los medios de comunicación, muchas decisiones cotidianas implican la asunción de riesgos (Beck, 2000).

Miedo es el término que empleamos para describir la incertidumbre que caracteriza nuestra era moderna líquida, nuestra ignorancia sobre la amenaza concreta que se cierne sobre nosotros

Como consecuencia del confinamiento producto del actual estado de alarma, hoy hay muchos miedos entre la ciudadanía: miedo a perder el trabajo, miedo por la incertidumbre, miedo al qué pasará después de todo esto, miedo al futuro de nuestra economía, miedo…

Vivimos en un mundo líquido en el que, ahora sí, nos preguntamos si todo lo que estamos sintiendo en nuestras carnes es producto de la sociedad abierta fuera de control que hemos construido. Esta continua incertidumbre, esta disipación diaria relacionada con el miedo a la desaparición física, a las catástrofes naturales y medioambientales, a la fama, a la globalización, al consumo, a los atentados terroristas indiscriminados, hasta a lo cósmico (Bauman, 2010).

En la actualidad experimentamos una ansiedad constante por los peligros que pueden azotarnos sin previo aviso y en cualquier momento. La disponibilidad a golpe de click o deslizamiento suave del pulgar de un abanico de tragedias y catástrofes aquí, cruzando la esquina, o en el lugar más alejado geográficamente de nosotros, nos sume en una constante corriente de preocupación.

Miedo es el término que empleamos para describir la incertidumbre que caracteriza nuestra era moderna líquida, nuestra ignorancia sobre la amenaza concreta que se cierne sobre nosotros y nuestra incapacidad para determinar qué podemos hacer (y qué no) para contrarrestarla. El miedo, como latigazo transversal es, según Bauman (2010), el más siniestro de los múltiples demonios de las sociedades abiertas. De ahí derivan la inseguridad, la incertidumbre, la preocupación y la vulnerabilidad…

Esos términos coinciden, además, con los que se vienen repitiendo durante los últimos días en los medios de comunicación, pero también en el nuevo entorno cotidiano creado como consecuencia del estado de alerta por la crisis sanitaria del coronavirus: a través de videoconferencias con familiares y amigos, con el vecino de enfrente cuando coincidimos en los aplausos de las ocho de la tarde, con el teléfono fijo con quien no tiene (porque no puede o no quiere tener) otros medios para comunicarse.

Inseguridad, un concepto más intenso y, al mismo tiempo, más multidimensional

Si nos quedamos con el término “inseguridad”, la Real Academia de la Lengua Española (RAE) la define por oposición a seguridad, en tanto falta de ésta. Y por seguridad entiende: cualidad de seguro, y desarrolla una serie de acepciones, entre las que interesa destacar las siguientes: libre y exento de todo peligro, daño o riesgo; cierto, indubitable y en cierta manera infalible; firme, constante y que no está en peligro de faltar o caerse; seguridad, certeza, confianza; lugar o sitio libre de todo peligro.

En estos últimos días, el concepto de “inseguridad” cobra un nuevo significado, más intenso y, al mismo tiempo, más multidimensional en tanto resultado de los siguientes tres ámbitos (Medina, 2016). Primero, la inseguridad en términos de falta de cobertura, por ejemplo, de acceso a servicios básicos, de índole material, de derechos sociales, de seguridad social y de acceso a servicios de asistencia social y sanitarios. Segundo, la inseguridad en términos de desprotección, sobre todo debido a la arbitrariedad por parte de las autoridades u otras prácticas de rebaja institucional. Y tercero, la inseguridad en términos de incertidumbre, ocasionada por la falta de certeza de expectativas, sobre todo económicas y laborales, por los límites de apertura del horizonte de futuro y de libertad de elección y decisión, junto a la imposibilidad de poder considerar los riesgos.

Estas tres dimensiones de la inseguridad han de ser consideradas como un continuum. No son excluyentes, están muchas veces interconectadas, pero con unas de ellas más que con otras. Las inseguridades son parte de un flujo de acción e interacción.

Incluso los mejores se vuelven desconfiados, hipersensibles y estúpidos

En realidad, nadie sabe lo que va a pasar. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Como menciona Moreno Pestaña (2020), el Gobierno se remite a los expertos, pero estos han previsto poco o preveían escenarios muy diferentes con similar fundamento empírico e idénticas dosis de especulación. El comportamiento más razonable es esperar una posibilidad funesta, incluso sobre uno mismo.

Me remito de nuevo al artículo de Moreno Pestaña (2020) cuando lo ejemplifica diciendo que eso fue lo que hizo Ulises ante las sirenas sabiendo que le atraerían: atarse al mástil y limitarse su libertad. Esa es la lección política a la que nos remite Moreno Pestaña en la tragedia ateniense descrita en su libro Retorno a Atenas (2019): “incluso los mejores se vuelven desconfiados, hipersensibles y estúpidos. Y entonces dejan de ser mejores, pero puede que con mucho poder si no los hemos atado en corto”.

Situación de mercado informado

Hoy en día vivimos sumergidos escuchando ideas fáciles de oír porque son alimentadas por el sentido común (Lutz, 2018: 448). En parte esto ocurre porque la sociedad y lo que en ella ocurre se tiende a considerar como una cuestión de opiniones (Navarro, 2019). Todos nos sentimos preparados para opinar sobre cuestiones que nos resultan “familiares” o “cercanas”, lo que Estruch (2003) denomina «situación de mercado informado».

Es la primera vez que no acompaño una reflexión con cifras. Me he negado en rotundo por el goteo constante de las últimas semanas y por no entrar a valorar algo que se me escapa de las manos. Sólo un apunte: muchas interpretaciones a los datos publicados vienen acompañados por una desmesurada ambición interpretativa, una interpretación que parece no tener límites: “se están extrayendo grandes conclusiones que frecuentemente no están respaldadas por los datos” (Cerrillo, 2019).

Hacia la transferencia circular del conocimiento

En suma, como saben Dani y Loli, he aquí una reflexión sincera sobre el miedo, un texto vívido sobre cómo funciona y sobre cómo ha entrado en nuestras vidas. Es igualmente cierto que la reflexión que he planteado es más rica en preguntas que en respuestas. En ningún caso pretende ser un recetario. No es más que una invitación a pensar en el terreno resbaladizo en el que nos movemos cuando se habla de miedo, preocupación e inseguridad por el estado de alarma y el confinamiento que estamos viviendo por el coronavirus.

He aquí igualmente una reflexión que bebe y mucho de mi convencimiento de que el conocimiento científico debe ser fruto de una tarea colectiva comprometida con la sociedad de la que formamos parte y a la que nos debemos, una tarea apasionante que también sirve para la transferencia circular del conocimiento. Quienes me conocen saben que siempre he rechazado el producir por producir para el autoconsumo académico.

La sociología tiene una parte de testimonio que Enrique Gil (2019: 144) transmite de una forma excepcional. Contarlo de acuerdo con unas normas particulares: “los investigadores sociales deben rendir cuentas de sus trabajos no solo ante sus colegas profesionales, como hacen los demás investigadores científicos, sino también y además ante sus propios conciudadanos. La razón de que esto suceda así es que las ciencias sociales se caracterizan por su reflexividad, pues su objeto de estudio es la propia realidad social a la que pertenecen y en la que se integran los investigadores sociales”.

Luis Navarro Ardoy

 

Luis Navarro Ardoy

Departamento de Sociología, Universidad Pablo de Olavide

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