Con ciencia de mujer

‘Jane Goodall, una simia blanca, grande y rara’

Santiago Martín Bravo
‘Con ciencia de mujer’: investigadores de la UPO nos hablan de sus científicas de referencia


Jane Goodall
Jane Goodall | Stephen Robinson / NHPA / Photoshot / Universal Images Group

Así describe Valerie Jane Morris Goodall cómo se sentía a ojos de los chimpancés que estudiaba a diario con infinitas dosis de paciencia y curiosidad, en el Parque Nacional de Gombe, un remoto rincón a orillas del lago Tanganica, en los confines occidentales de la actual Tanzania. Casi 60 años han pasado desde los primeros contactos de esta simia inglesa con sus parientes salvajes africanos, durante los cuales ha llegado a convertirse en una figura de enorme transcendencia en el mundo de la ciencia. Hoy en día se la considera un icono, no sólo por sus revolucionarios descubrimientos en el campo de la biología del comportamiento de los primates, sino también por su compromiso social, capacidad de divulgación científica, y defensa acérrima de los valores de protección de la naturaleza. Muchos de los investigadores e investigadoras de la Universidad Pablo de Olavide, especialmente los dedicados a las ciencias de la naturaleza, estarán probablemente de acuerdo conmigo en que no por bien conocida, la Dra. Jane Goodall no debería faltar en esta serie de artículos sobre mujeres científicas de relevancia, máxime teniendo en cuenta que entre sus múltiples honores figura el de doctora ‘honoris causa’ otorgado por esta misma casa en noviembre de 2009, a propuesta del entonces rector Juan Jiménez.

La manera en que Jane se inició y creció en ciencia resulta ciertamente de lo más inspiradora para cualquier persona con vocación por la investigación. El amor por la naturaleza y la curiosidad innata por aprender sobre los animales aparecieron muy pronto en ella; con cuatro años esperó pacientemente durante horas en el gallinero de una granja para comprobar cómo los huevos eran producidos por las gallinas. Su chimpancé de peluche Jubilee, que recibió de regalo de niña y aún conserva, así como un cuento sobre Tarzán comprado con 10 años con los ahorros de su paga, no fueron sino auténticas premoniciones de su pasión venidera por África y la primatología. Sin posibilidades económicas para acceder a una formación universitaria, pero con el apoyo constante de su madre y un enorme afán por alcanzar sus sueños, Jane trabajó de secretaria y camarera para poder costearse su primer viaje al continente africano. Poco después, con tan sólo 23 años, se “lió la manta a la cabeza” y se lanzó a una aventura impensable en aquel momento para una mujer, que le cambiaría la vida para siempre.

Como es bien sabido, algunas de las contribuciones científicas derivadas de sus años de estudio de los chimpancés en su hábitat natural, como el hecho de que éstos son capaces de fabricar y utilizar herramientas, comer carne o establecer relaciones afectivas que pueden perdurar de por vida, rompieron esquemas largamente establecidos sobre comportamientos que se consideraban hasta entonces exclusivos de la especie humana. Su primer mentor científico, el paleoantropólogo Louis Leakey, ilustró la importancia de sus hallazgos afirmando que hacían necesaria una redefinición del concepto de ser humano. Ello le permitió matricularse y doctorarse en etología por la Universidad de Cambridge en 1965, convirtiéndose en una de las primeras personas en conseguirlo sin contar con una titulación universitaria previa. Asimismo, consiguió apoyo de la prestigiosa National Geographic Society para financiar sus investigaciones en África.

Sin embargo, los primeros pasos de Jane Goodall no estuvieron exentos de dificultades para conseguir abrirse camino en los círculos científicos de los años 60, abrumadoramente dominados por hombres. La historia idealizada y exótica, casi de película infantil, de la joven inglesa rubia con coleta, pantalones cortos y camisa de guardabosques que convivía con los chimpancés en la selva africana, no fue tomada en serio por muchos de sus colegas masculinos. Su falta de cualificación fue criticada y sus métodos científicos tachados, probablemente no sin razón, como poco ortodoxos. Así, Jane suministraba alimento, no evitaba la interacción física y otorgaba nombres propios a los chimpancés que estudiaba – con la misma inicial si pertenecían a la misma familia – ignorando la práctica establecida de identificarlos con simples números. Igualmente, algunas de sus primeras aportaciones fueron acogidas con escepticismo por parte de la comunidad científica, hasta el punto de ser consideradas como “anécdotas y especulaciones de una rubia esbelta con más apego por los monos que por los hombres”. Además, tuvo que acostumbrarse a la circunstancia de que su trabajo atraía en ocasiones más atención por quien lo realizaba que por los resultados que obtenía. A pesar de que nunca deseó que su imagen fuese el foco de atención de las fotografías y reportajes que documentaban sus investigaciones, terminó por entender que podía sacar partido a estas concesiones para poder llegar hasta más gente. De esta manera, conseguiría difundir de manera más efectiva su mensaje de protección de la biodiversidad mediante la construcción de una sociedad más respetuosa con la naturaleza y con menos desigualdades sociales.

El legado de la Dra. Goodall es inmenso, y ha inspirado a generaciones de científicos, en especial mujeres. La investigación que inició en Gombe ha continuado ininterrumpidamente hasta la actualidad, generando 35 tesis doctorales, más de 30 libros, más de una decena de películas y documentales, y cientos de artículos científicos y divulgativos. Aún hoy, a sus casi 85 años, sigue viajando incansablemente por todo el mundo, dando conferencias y concediendo entrevistas en las que nos invita a reflexionar sobre nuestra existencia como especie y las consecuencias sociales y ambientales de nuestro actual modo de vida. Ha sido considerada como una de las mujeres científicas de mayor impacto del siglo XX, y distinguida con más de 100 premios internacionales, entre ellos el doctorado ‘honoris causa’ por más de 45 universidades, el Premio Príncipe de Asturias de Investigación, la Medalla de oro de la UNESCO o el título de Mensajera de la Paz de la ONU. Asimismo, el Instituto Jane Goodall, una organización global sin ánimo de lucro que lleva el nombre de su fundadora, tiene en la actualidad más de 30 oficinas en el mundo y programas de investigación de vida salvaje, conservación de la naturaleza y educación ambiental en cerca de 100 países. En este mismo sentido, podemos comprobar cómo la figura de Jane Goodall es cada vez más frecuente en proyectos educativos en las aulas y colecciones de libros infantiles para acercar al alumnado a la vida y obra de mujeres de trayectorias destacadas e inspiradoras, contribuyendo así al futuro de nuestra sociedad.

El mensaje de Jane Goodall viaja también fuera de nuestras fronteras, en las sondas espaciales Voyager 1 y 2, lanzadas por la NASA en 1977, que prosiguen actualmente su viaje por el espacio interestelar, a miles de millones de kilómetros de distancia de nuestro planeta. Ambas llevan a bordo una especie de cápsula con información sobre la civilización humana y la Tierra, en la que se incluye una foto de Jane Goodall rodeada de chimpancés. Si alguna vez esta botella lanzada al océano cósmico es encontrada y su mensaje leído, quien quiera que sea quien lo haga, sabrá que no estamos solos. Pero, ¿cómo es posible que siendo tan inteligentes como para haber llegado tan lejos de nuestro hogar estamos al mismo tiempo acabando con él?

 

Santiago Martín Bravo
Profesor e investigador del Área de Botánica. Universidad Pablo de Olavide. Sevilla

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